viernes, 6 de febrero de 2015

Macondo



Sé que sucedió cuando me instalé en el sofá del comedor, refugiándome del trajín doméstico para devorarme las últimas páginas de Cien años de soledad.

El comedor era la habitación más amplia de la casa, sus gruesas paredes de adobe pintadas color limón desteñido y su techo altísimo del que estaba suspendido un deteriorado cielo raso de lienzo ayudaban a crear un ambiente fresco en la canícula de febrero.

El hastío era indescriptible, especialmente porque la alternativa era baldear las rojas baldosas de la galería en las que agonizaban los helechos o lavar la ropa en la pileta en el lejano fondo de la casona de mi tía, que era donde se habían refugiado de su vida de trashumantes nuestros padres, pertinaces artistas de circo, para permitir —gracias a Dios— que su último retoño naciera en algún lugar definido.

No era que lo contrario me molestara, pero a veces resultaba complicado explicar por qué había nacido en Viedma si mi hermano era de Ceres, mi madre de Colonia y mi padre de